viernes, 3 de diciembre de 2010

Matrimonios y algo más

El hall es oscuro. Sobre la barra hay una caja registradora, detrás está la escalera y a medida que asciende, se pone más oscura.

Atrás de donde está la caja, ahí parada hay una chica de unos treinta años. Es morocha y de pelo largo, con un escote pronunciado y provocador se encarga de cobrar las entradas. La fila para entrar no es muy larga.

Cada quien abona un precio distinto para entrar al club. Los hombres solteros, es decir los que van sin pareja, son los que más pagan. Las mujeres solas entran gratis.

Mientras entrega un ticket de color rosa, que vale por una consumición, la cajera indica -Por el ascensor subís hasta el cuarto piso, ahí te reciben los coordinadores y te explican como son las reglas- dice al hombre que esta con su pareja. De este modo me fui adentrando en el mundo del intercambio de parejas.

El ascensor es pequeño, con espejos y puerta de rejas. Así llego al cuarto piso, la sensación a medida que voy subiendo es parecida a la que se siente en el ascensor de un hotel alojamiento. Esa incomodidad, que genera silencio donde nadie sabe que decir y todos miran al piso. La música se escucha cada vez más fuerte. El elevador se detiene y el hombre que esta con su pareja abre la puerta. Ellos bajan y caminan como si conociesen el lugar. Hay un pasillo. Hacia la derecha hay dos escaleras, una va hacia arriba y otra hacia abajo.

Parado justo al lado de la puerta del ascensor hay una de persona de seguridad, vestido con remera y pantalón negro. ÉL mira a todos los que salen y entran. A la izquierda, al final de un pasillo no muy largo, esta la pista. Según la cajera de escote prominente, al arribar al cuarto piso te reciben los coordinadores pero al llegar no hay nadie. Ningún coordinador te espera y nadie explica cuáles son las reglas de este ambiente.

Voy hacía la pista, en la que no hay mucha gente. La decoración con tiras de telas fluorescentes, colgadas cruzando todo el techo, más combinado de las luces laser que rebotan en las paredes forradas con espejos, crean un efecto enceguecedor. Hacía el final de la pequeña pista de baile hay una suerte de escenario al mismo nivel del piso. Al borde está el famoso caño pero no hay bailarinas que se contoneen alrededor de el.

La pareja que subió en el ascensor ya esta en la barra y con sus tickets de consumición piden dos copas de champagne. Con una cerveza en la mano, me siento en una de las pocas mesas que hay. Miro todo con mucha atención. Enfrente hay dos parejas. El promedio de edad de ellos es de cincuenta y cinco años ó más.

Las mujeres, mientras fuman y bailan, seducen a sus respectivos sin dejar de mirar alrededor. Solo hay tres parejas en todo el boliche. Los demás son hombres solos. En un rincón oscuro, sentadas en un sillón, veo un grupo de mujeres. Parece ser que no están ahí por iniciativa propia. Son chicas que en la oscuridad disimulan su edad y profesión.

Detrás de mi mesa hay una pared. Eso es lo que parece ser. Cubierta de espejos y deslizada por la mano de un hombre me doy cuenta que es una puerta. Una de las parejas se acerca lentamente hacia donde estoy sentada y pidiendo permiso abren la puerta corrediza. No sé a donde o a que lugar da esa entrada. Miro sobre mi hombro derecho y descubro que es un reservado. Un momento después una señora lleva de la mano a su pareja y se adentran en el cuarto. El patovica se para en la puerta.

Del otro lado de la pista, entre las escaleras, descubro un grupo de hombres. Todos amontonados espían por un hueco que hay en la pared. Ese espacio ó ventana da hacia un cuarto donde todo esta iluminado con luz negra. Los sillones parecen grises pero son negros y a la mitad de las cuatro paredes hay tachos de basura color blanco. Colgado justo arriba de los cestos hay un cartel que dice: “Por favor utilice los cestos para arrojar residuos”. A pesar de la oscuridad y la tenue iluminación de la luz negra se puede ver la forma de los cuerpos en plena actividad sexual.

Voy al baño. Ahí me encuentro con Mariel, tiene pelo el largo y ondulado.

Ella tiene cuarenta y cuatro años y hace más de seis que con su marido practican el intercambio de parejas.

-La movida cambió, ya no es la misma.- Dice mientras se retoca el maquillaje y me mira por el espejo.

–Ahora todo es muy rápido. ¿Viste a las parejas que se metieron en el reservado?- Pregunta. Si, le contesto. –Se nota que hace poco están en esto, enseguida se fueron para el cuarto-.

Mariel esta casada con Alejandro hace más de veinte años y según dice hace tiempo que no vienen al club. No es que dejaron de practicar el intercambio de pareja, sino que la gente que concurre cambió o ellos prefieren otra cosa. –Ahora es todo coger- dice mientras levanta las cejas.

-Hace un tiempo nos metemos en un chat para swingers. A nosotros nos gusta conocernos con las parejas. Preferimos juntarnos a cenar, charlar un poco y ver que pasa- dice.

Para ellos el verdadero intercambio de parejas se basa en el hecho de conocerse mejor antes de intimar. Por eso realizan reuniones privadas con parejas que realmente demuestren estar interesadas en conocerse de otra forma.

-No es solamente tener sexo- explica Mariel. Es algo más para ella y Alejandro, pero no pueden definirlo.

Mientras escucho su explicación sobre el intercambio de parejas no puedo evitar preguntar sobre las reglas. Ella explica cuales son las normas de este hábito.

–Respeto, eso sería la primera y la única regla- dice.

-Si estas con tu pareja y se aproxima alguien que esta interesado en participar, la pareja tiene que dar el ok para empezar con el intercambio-.

La persona que quiere unirse se acerca y puede rozar el hombro o la espalda de la mujer o el hombre. De esa forma comienzan los intercambios. Si los interesados no tienen respuesta, siguen su camino buscando otras personas.

La noche recién empieza en el club. Sólo quedan hombres acompañados por mujeres que recién conocen. La pocas parejas que había ya no están.

La música sigue sonado y las luces siguen cegando a todo aquel que se adentra a la pista.

2 comentarios:

  1. Eso le entregaste a Claudio? Está buenísimo jajaja, me gustó la frescura y la naturalidad de la mina con la que hablaste.
    Nos vemos el lunes!


    Sabri

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