viernes, 24 de septiembre de 2010

El chico de la librería

Hace unos meses, por motivos familiares, me fui a vivir con mi hermana al barrio de Villa del parque. Es una zona tranquila, con un centro comercial muy bien abastecido. En la esquina de donde vivimos hay una plaza muy linda y en frente hay una librería, en la que trabaja un chico de unos 30 años. Es morocho, de estatura mediana y con onda bohemia.

Mi hermana, empezó a frecuentar bastante seguido la librería, para hacer fotocopias, comprar acrílicos y demás cosas. Ahí descubrió a este pibe, que le resultaba atractivo. Después de varios meses de ir seguido a la librería, pasar por la plaza y saludos cordiales, entre ellos se estableció una relación de vecinos

-Hola, ¿Como estas?- preguntaba el chico.

-Bien- contestaba ella. La relación se basaba en ese tipo de trato.

A medida de que iba pasando el tiempo, el chico le gustaba cada vez más, tanto se trababa que cuando lo veía que nunca se acordaba de preguntarle como se llamaba, entonces para nosotras, era el chico de la librería.

Hasta que un día, este chico le preguntó si tenía ganas de ir a tomar algo con él.

Ella muy emocionada, no dudó en aceptar la invitación. Esa noche, mientras estábamos por acostarnos me contaba toda la situación. Estaba muy contenta, porque de verdad le gustaba el flaco, y encima después de tanto tiempo de idas y venidas, de charlas en la puerta de la librería o en la plaza, por fin estaba pasando lo que hacía tiempo ella estaba esperando.

Quedaron en verse el jueves, cuando el salía del trabajo. Se encontraron y fueron a un bar del barrio, donde dependiendo de la noche, tocan bandas de distintos estilos musicales. Se sentaron en una mesa que estaba en el patio del bar, para poder fumar. Pidieron una pizza y una botella de vino. La charla era interesante, el clima del ambiente acompañaba, pero este chico después de la primer botella de vino, se empezó a poner raro.

El flaco se portaba extraño, es decir estaba sacado. No se quedaba quieto, se levantaba a cada rato y se acercaba a las otras mesas, se ponía a charlar con otra gente y encima, sacaba comida de los platos ajenos. A cada persona que pasaba le gritaba –¡Eh vaquero! ¿Salimos hoy?

Mi hermana lo miraba y se mataba de la risa, porque ella no se hacía cargo de la locura del pibe.

Hasta que se puso denso, quería comprar merca, si cocaína. A cada rato decía “Me tomo una línea y estoy bien.” ¡Que horror! Por favor.

El pibe seguía pidiendo tragos, comida y al final terminó con un whisky. Mientras tomada decía que era un gran catador, sacaba el hielo del trago y lo chupaba. Ella nada más lo miraba mientras pensaba ¡Que tarado!

Para terminar la noche ella pidió la cuenta, era más de 200 pesos. Lo peor es que unos días atrás cuando el chico la invitó salir, el comentó que estaba muy endeudado, que no disponía de mucho dinero para gastar.

La cita termino, solo hubo un beso, uno nada más. Sin ninguna emoción, los dos caminaron hasta casa, el seguía gritando, quería parar un taxi, para ir a dar vueltas por la ciudad, eso decía. Mi hermana lo dejo solo, ella entro a casa.

Al otro día fuimos a la librería. No se imaginan la cara del pibe cuando la vio entrar. Yo que sabía toda la historia no podía evitar reírme, claro que para adentro, me imaginaba al pibe con ese aspecto tan tranquilo que aparenta tener, re loco, desquiciado.

Vieron chicas las cosas nunca son como parecen, siempre se nos puede pegar algún loco.

Lo importante es no hacerse cargo de la locura del otro y si no te sentís cómoda, mandate a mudar.

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